Hatshepsut, la reina-faraona que inició una edad dorada.

En nuestra entrada de hoy inauguramos la sección por la puerta grande con una de las mujeres egipcias más importantes de todos

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Estatua de Hatshepsut.

los tiempos:

Hatshepsut, la reina-faraón de la dinastía XVIII de Egipto. Reinó Egipto durante veintidós años (de  1490 a.C.-1468 a. C.) bajo el nombre de Maatkara Hatshepsut, llegó a ser la mujer que más tiempo estuvo en el trono de las “Dos Tierras”.

Hatshepsut, nació en Tebas durante el segundo cuarto del siglo XV a.c.  Su padre era el futuro Tutmosis I (que no era hijo directo del faraón y su Gran Esposa Real, por ello se casó con una hija del faraón ya mencionado y su Gran Esposa para poder gobernar), su madre la princesa Ahmose. Hatshepsut tuvo tres hermanos. Desgraciadamente sólo Hatshepsut y su hermana Neferubity (que moriría joven) llegarían a edad adulta. Tuvo además hermanastros, fruto de las relaciones de su padre con esposas secundarias y concubinas.

Su padre vió en ella algo que no veía en los hijos varones que había tenido con otras esposas menores. Hatshepsut era hija del Faraón y su Gran Esposa Real, por lo que era puramente de sangre real. El faraón Tutmosis I podría haber nombrado heredero a alguno de sus hermanastros, algo muy común, ya que sólo los varones podían ser faraón, aún así la nombró heredera.

Cuando Hatshepsut contaba aproximadamente con 12 años, su padre murió, y aunque era la heredera nombrada por su padre, coronaron faraón a uno de sus hermanastros, Tutmosis II. Ineni, un hombre que ocupaba un cargo en el gobierno, fue quien se encargó de que esto sucediera. El nuevo faraón, al ser hijo de una reina secundaria no era de sangre puramente real, y por tanto no podía reinar sin casarse con una hija pura del faraón anterior. Así, Hatshepsut se vió relegada a convertirse en la Gran Esposa Real  de su hermanastro Tutmosis II, se cree que este fue un duro golpe a su orgullo.

La joven reina era descendiente directa de los grandes faraones  y además ostentaba el importantísimo título de “Esposa del Dios”, lo que la hacía portadora de la sangre sagrada de la reina Ahmose. Es lógico que no soportase muy bien la idea de entregarse a su marido. Pero Tutmosis II era un hombre débil, tanto en salud como en carácter, por todo esto, muchos piensan que aunque el faraón era Tutmosis, quien gobernaba en la sombra no era otra que Hatshepsut. Aprovechando esta debilidad de su marido, la reina se fue rodeando de personas que apoyaban su causa, los más importantes eran Hapuseneb y  Senenmut. La Gran Esposa Real se había convertido en un peligroso oponente, para desgracia del visir Ineni.

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Esfinge con el rostro de Hatshepsut.

Tutmosis II tuvo un reinado muy breve, y murió tres años más tarde, cuando Hatshepsut contaba con 15-20 años. A la muerte del faraón, la Gran Esposa Real Hatshepsut  sólo había conseguido darle una hija, Neferura; el único heredero varón del rey difunto, era un niño que había concebido con una concubina. Una vez más Ineni se salió con la suya al conseguir que la nobleza considerara a este niño como único heredero, por lo que fue coronado como Tutmosis III. Al no tener sangre real pura, la única forma de legitimar totalmente su ascenso al trono, era casar al nuevo faraón (aún niño) con la hija de Hatshepsut. Pero esta vez la reina no tenía intención de dejar que la historia se repitiera. Aprovechando que el nuevo faraón aún era demasiado pequeño, la reina asumió la regencia, y se encargó de ir posponiendo indefinidamente el enlace del faraón con Neferura.

En los primeros años del reinado de Hatshepsut, ella misma se encargó de echar de la escena política a Ineni para siempre. Elevó a altos cargos a aquellos que durante el reinado con su marido, la habían apoyado, su amigo y aliado Hapuseneb fue nombrado sumo sacerdote de Amón. Con sus aliados en el poder, Hatshepsut tenía ahora los medios y el apoyo suficientes para ascender al trono, como quiso su padre.

A los aprox. 22 años, la “Gran Esposa Real” y “Esposa del Dios” Hatshepsut, en presencia de Tutmosis III, se proclamó faraón de las Dos Tierras. Para legitimarse aún más ante el pueblo, también se declaró primogénita de Amón; La reina profesó que su padre era el dios Amón, que había concebido con su madre Ahmose a una mujer, para ser su representante en la tierra. Los sacerdotes de Amón dieron su aprobación, encabezados por Hapuseneb. La estrategia de la nueva reina-faraona de Egipto, unido al precio que pagó a los sacerdotes de Amón, le garantizó el apoyo de este colectivo durante todo el reinado. El joven Tutmosis con sólo 7 años, no pudo hacer otra cosa que admitir la superioridad de su tía y madrastra. Así Hatshepsut, se convertía en la tercera reina-faraón de la historia, y la que más tiempo conservó el trono.

A partir de entonces la ahora reina-faraón, asumió los atributos y títulos masculinos de los faraones, haciéndose representar como hombre y usando barba postiza. Estableció una corregencia con Tutmosis III, con un predominio claro de Hatshepsut sobre Tutmosis, relegando al faraón al segundo plano. A pesar de esto, no fue una usurpadora, no provocó una guerra civil, ni confinó en ningún lugar a Tutmosis III. Todo se trató de un golpe maestro, a partir del cual sutilmente una mujer consiguió elevarse al mayor cargo egipcio, solo reservado para hombres.

La reina-faraón Hatshepsut dedicó gran parte de su reinado a embellecer el país, restaurar templos, borrar los daños ocasionados por guerras anteriores, edificó la llamada Capilla Roja del enorme templo de Amón en Karnak y, de las canteras de Asuán, mandó hacer los obeliscos más grandes que se habían erigido en Egipto hasta entonces, y los llevó a Karnak decorados con una aleación de oro y plata. No hubo guerras durante su reinado, aunque hubo 6 campañas militares.

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Templo de Deir el-Bahari; edificado por Senenmut y encargado por Hatshepsut.

Hatshepsut escogió el paraje de Deir el-Bahari para edificar su templo de millones de años, y encargó la tarea a su arquitecto favorito, Senenmut. El templo de Hatshepsut es una de las joyas del Antiguo Egipto conocido por aquel entonces como el Dyeser-Dyeseru (el sublime de los sublimes). Se sospecha que Hatshepsut pudo tener un romance con Senenmut, su arquitecto favorito. En el templo que construyó, en un sector sellado como una caja en la pared se puede observar por un lado a Hatshepsut en actitud amatoria y a Senenmut en la otra cara, como receptor de la pose amatoria de la reina. Esta clase de relación le estaba prohibida a la reina por su linaje. Cabe destacar que quien visita a día de hoy el templo siempre comenta que siendo egipcio, tiene algo que otros templos no tienen, los historiadores más románticos aseguran que esto se debe a que Senenmut hizo este templo, no como encargo de la reina, sino como regalo y homenaje eterno a su amada. La reina, también demostró tener mucha cercanía con su arquitecto pues confió también a este hombre el cuidado de Neferura, a la que educó para que la sucediera.

Sin embargo, fue a raíz de la finalización del templo de Deir el-Bahari, sobre el año 15-16 de su reinado, cuando la suerte de Hatshepsut comenzó a menguar a favor de la de Tutmosis III. El joven rey cada vez ansiaba más el poder a cualquier precio. En apenas de un año el sacerdote de Amón y amigo de la reina Hapuseneb falleció, como también lo hizo Senenmut. Además, la esperanza de la reina, su hija Neferura, también murió al poco tiempo. Tras tantos golpes, la reina-faraón dolida, se retiró parcialmente del cargo. Tutmosis III, comenzó a tomar las riendas del gobierno.

La ambición de Hatshepsut era aún más grande y no estaba satisfecha con ser “faraón”, sino que se proponía inaugurar una auténtica dinastía femenina de reinas-faraón, y por esa razón declaró “Heredera” a su amada hija Neferura. La muerte de la princesa fue tan repentina y favorable a Tutmosis III que hay quien piensa que fue intencionada, y que consiguió su objetivo: derrumbar a la reina-faraón.

Hatshepsut murió en su palacio de Tebas tras un largo reinado de 22 años, abandonada por todos. Tenía entre 40 y 50 años. La reina, padeció de una avanzada osteoporosis y un cáncer maligno en la zona del abdomen que se le pasó al hueso de la cadera; además había contraído una infección en las encías, que bien pudo provocar una infección en la sangre como causa más probable de su muerte. Pasó largos meses de intensos dolores y fiebres.

A su muerte, Tutmosis III se convirtió en un gran faraón. El nombre de Hatshepsut y el de Senenmut fueron borrados sistemáticamente de los anales y edificios egipcios por Tutmosis III, quien al no haberse casado nunca con la hija de Hatshepsut, intentó borrar a esta reina de la historia para hacer parecer que él era el único hijo y por tanto portador de la sangre real de los antiguos faraones. Así conseguía asegurar el futuro de sus hijos.

La historia de esta extraordinaria mujer, que marcó el inicio de una edad dorada de Egipto, y que después de años de intrigas, toma un tinte trágico con la muerte de su “amante” Senenmut, su amigo y aliado Hapuseneb, y su hija Neferura. Apagada toda esperanza de continuar su linaje, tras su muerte fue sometida a esa especie de “olvido” por el hombre que volvió a ocupar el trono. Aun así, su legado y sus construcciones, pueden verse hoy en día como grandes maravillas de Egipto, son los monumentos más visitados por los turistas. Amasó la mayoría de las riquezas que más adelante heredaría el famoso Tutankamón, y pretendió crear la primera dinastía de faraones mujeres, en un mundo de hombres.

NOTA: Aunque se sospecha que Senenmut fue asesinado por Tutmosis III y no se ha encontrado su momia, su tumba si es conocida, contiene numerosas pinturas y jeroglíficos de la reina, y está justo al lado del templo de Deir el-Bahari, para muchos esta es la declaración de amor del arquitecto que quería reposar eternamente cerca del templo de su amada.

El Antiguo Egipto, un trono reservado a hombres.

En los casi tres milenios de la historia del Antiguo Egipto ( aprox. 3000 a.c. – 30 a.c.), hay sólo cinco casos conocidos de reinas-faraón, tres de ellos asegurados y  dos no confirmados. Mujeres que llegaron a ostentar el título de faraón (representación del dios Horus en la tierra), reservado sólo a hombres. Para entender la historia de grandes mujeres en el Antiguo Egipto, es necesario primero, que conozcamos un poco más del contexto en el que estas mujeres de la realeza vivían:

Representación de un faraón.

En el mundo egipcio, la principal figura en la tierra era el faraón. Fueron considerados seres casi divinos durante las primeras dinastías (identificados con el dios Horus), a partir de la dinastía V también eran «hijos del dios Ra». Tras su muerte el faraón se fusionaba con la deidad Osiris (dios de la resurrección) por lo que adquiría la inmortalidad y una categoría divina, siendo entonces venerados como un dios más en los templos. Además de ser la representación de Horus en la tierra, eran considerados el nexo de unión con los dioses. Si imaginamos un reloj de arena: en la parte de arriba estarían los dioses; En la parte de abajo, donde la arena cae, estarían los mortales; y el pequeño cuello que une la parte superior con la inferior sería el faraón.

El faraón vivía en  palacio, separado de sus reinas, que residían en la Casa Jeneret (mal-llamada por algunos “harén”).  La Casa Jeneret  era la institución encargada de la educación de los príncipes y princesas del antiguo Egipto. Allí habitaban la madre del faraón, la Gran Esposa Real, las esposas secundarias y los hijos e hijas de todas las reinas y concubinas; se hallaba junto al palacio, independiente del edificio real (habitaciones residenciales del faraón), y poseía una gran importancia.

Representación de una Gran Esposa Real

Como compañeras del faraón, las reinas egipcias podían ostentar como cargo más alto, el título de Gran Esposa Real y por debajo de esta gran esposa, el faraón podía tener tantas mujeres como quisiera.

Es importante partir desde la perspectiva de que en la religión Egipcia existen muchos dioses, pero los principales se muestran en triadas, es decir grupos de tres dioses principales (padre, madre e hijo). Los antiguos faraones participaban en ciertas celebraciones, como encarnación propia del dios mayor de la triada (el padre), la Gran Esposa era la encarnación de la diosa madre de la triada, y el heredero varón de ambos participaba como dios hijo.

Dicho esto, las Grandes Esposas Reales eran garantías y principal apoyo del faraón durante su reinado. En otras palabras, la Gran Esposa y las demás mujeres del Faraón (todas princesas reales, princesas extranjeras o nobles, normalmente) eran necesarias para que continuaran existiendo estas “representaciones divinas en la tierra”. No es de extrañar que los faraones se casasen con las hijas de su antecesor (en muchos casos estas hijas eran sus hermanas o sus hermanastras) para poder ascender al trono. Se sabe de faraones que para conservar la descendencia pura se casaron con sus propias hijas.

Los hijos varones del faraón entraban en la línea de sucesión, por supuesto un hijo de la Gran Esposa Real, estaba por delante en la línea de sucesión, que el de otra reina, esposa secundaria, concubina, etc. Así la sucesión quedaba resuelta mediante un heredero masculino que podía no ser hijo de la Gran Esposa Real, sino de una reina de menor rango. Si el sucesor provenía de una reina de menor rango, se casaba con una hija de la Gran Esposa Real del faraón fallecido. El resto de hijos del faraón ocupaban cargos en la administración, como militares, sumos sacerdotes u otros cargos. Todos ellos formaban parte de la clase noble.

En cuanto a las hijas del faraón, todo iba en función de la condición de su madre. Si ésta era una reina, la hija podía heredar su cargo o vivir en soltería; y si eran hijas de una esposa secundaria o de una concubina, podían casarse con algún noble o residir en la casa Jeneret.

Así como veis era sumamente complicado que una mujer llegara a reinar como Faraón, o que ostentara algún cargo de poder. Si bien la civilización egipcia era más adelantada en otros temas referentes a la mujer que la civilización griega o romana, no lo era en lo que a sucesión real se refiere. En la próxima entrada de “Mujeres, en un mundo de hombres” contaremos la historia de una verdadera reina-Faraón, que ocupó el trono de Egipto durante muchos años, y fue portadora de prosperidad para su pueblo.