Myeonseong de Joseon, la reina Min

Queen_MinPara muchos europeos y americanos probablemente este nombre sea desconocido, algo lógico ya que lo que estudiamos suele ser la historia del lugar en el que vivimos, sea Europa o América. Pero para los coreanos, hablar de la Reina Min es como hablar de Juana de Arco para los franceses o Ana Bolena para los ingleses. Es un personaje muy conocido en Corea, donde se han producido varias obras cinematográficas para contar su historia. La historia de una mujer fascinante que hizo y deshizo en una época en la que la política no era cosa de mujeres.

La historia de Corea es muy extensa, nos situamos al final de la dinastía Joseon (1392-1897) y antes del Imperio Daehan (1897-1910). La reina Min nació en la familia aristocrática de la rama Min Yeoheung el 19 de octubre de 1851, en el condado de Yeoju. Se sabe poco de su infancia y su nombre real al nacer, ya que las reinas y emperatrices coreanas reciben un nombre póstumo por el que son más conocidas (Myeonseong) y en el momento de reinar son llamadas por el título que tienen seguido del nombre del clan al que pertenecen (Reina Min), por lo que no queda constancia de su nombre anterior. La familia noble Yeoheung Min ya había dado anteriormente reinas consortes a Corea. El padre de la reina murió prematuramente cuando ella contaba con 8 años. Se desconocen las causas de esta muerte, así como información de la madre de Myeonseong. La carencia de familiares vivos que pudieran tener ambiciones fue uno de los motivos por los que fue elegida para casarse.

Cuando el futuro emperador Gojong cumplió 15 años, su padre (Daewongun) creyó que era hora de buscarle esposa. Para ello buscó una candidata que no tuviera parientes cercanos que aspiraran al poder. Tras muchas candidatas la esposa de Daewongun, que era pariente de la reina Min, propuso a alguien de su propia familia. La candidata agradó al padre del futuro monarca, ya que era huérfana, había sido educada como una noble, estaba sana y tenía un cuerpo bonito, por lo que podría tener herederos. La novia finalmente se encontró con Daewogun el 6 de marzo y 20 de marzo de 1866, con casi 16 años se casó con Gojong (de 21 años de edad) y fue investida en una ceremonia (chaekbi) como reina consorte. Hay que aclarar que Daewongun no reinó nunca, fue regente de su hijo ya que este último había sido elegido rey siendo menor de edad.

Sin embargo y pese a no tener parientes, los funcionarios de Corea pronto se darían cuenta de que la joven reina tenía ambiciones políticas. No era como las anteriores reinas, no encargaba vestidos extravagantes ni organizaba fiestas del té con damas de alto rango a no ser que la política lo requiriese. Por el contrario procuró leer e instruirse a sí misma en filosofía, historia, ciencia, política y religión. Al contrario de lo que esperaba Daewongun, la reina Min comenzó a jugar un papel activo en la política en lugar de dejar los asuntos de estado en manos de los hombres, lo que por algunos fue visto como una osadía (incluido el padre del rey). El enfrentamiento entre la reina y su suegro no tardaría en producirse, en 1871 dio a luz un hijo que enfermó y murió prematuramente y este fue el detonante. Daewongun declaró que la reina no era capaz de dar un hijo varón sano, por lo que recomendó a su hijo Gojong que comenzara a verse con una concubina. Por su parte la reina culpó a su suegro de dar demasiado ginseng a su hijo para intentar curarlo. La concubina dio a Gojong un hijo en 1868, que fue reconocido como príncipe heredero.

empress_myeongseongAnte tal circunstancia y aprovechando que el pueblo había dado la espalda a Daewogun, la reina Min decidió que ya era hora de que su suegro se retirase de la escena política y por ello respondió aliándose con altos funcionarios, académicos y miembros de su clan para conseguir que el rey comenzara, a sus 22 años, a reinar en su propio nombre. Con la aprobación de Gojong y del Consejo Real, el padre del rey se vió obligado a abandonar su puesto como regente. Myeongseong pasó a controlar entonces la corte, dando a su familia cargos de honor y gobernando junto a su marido. Desterró también a la concubina real y a su hijo fuera de la capital, el niño murió en 1880. Muchos tomaron entonces conciencia de que la participación política de la reina iba a ser tan activa como la de su marido o incluso más. La reina abogó por una apertura mayor de Corea y por una serie de reformas basadas en los valores, la sabiduría y las necesidades del pueblo. Los embajadores y diplomáticos que la describieron dieron un perfil muy característico: Una reina de mirada fría, muy inteligente, prudente y que daba buenos consejos al rey.

La Restauración Meiji de 1868 finalizó 265 años después del feudalismo en Japón. El nuevo gobierno de Japón envió un mensajero con el mensaje del soberano que informaba de la fundación de un nuevo gobierno en Japón para el gobierno de la Dinastía Joseon en Corea el 19 de diciembre de 1868. Sin embargo, los coreanos se negaron a recibir la carta debido a que contenía los caracteres chinos 皇 (“real, imperial”) y 勅 (“decreto imperial”) que de acuerdo con el sistema político y la tradición, sólo el emperador chino podía utilizar, ya que simbolizaban la autoridad imperial china. Por lo tanto, su uso por un soberano japonés fue considerado inaceptable por la Dinastía Joseon de Corea, era una osadía que un soberano japonés se comparara al emperador chino. Los chinos sugirieron a los coreanos que recibieran la carta de Japón, pues sabían que los japoneses no dudarían en hacer demostraciones de fuerza. A pesar de las negociaciones celebradas en 1875, no se lograron los avances sustanciales. En cambio, la tensión creció cuando los coreanos continuaron negándose a reconocer las reclamaciones de Japón de igualdad con China.

El incidente del Unyō en 1875 fue la antesala de la firma del primer tratado desigual que Corea había firmado en su historia. El Unyō, un buque de guerra japonés bajo el mando de Inoue Yoshika, fue enviado a estudiar las aguas costeras sin permiso de Corea. El barco llegó a la Isla Ganghwa, que había sido un lugar de violentos enfrentamientos entre las fuerzas de Corea y fuerzas extranjeras en la década anterior. En 1866, la isla fue ocupada brevemente durante la Campaña francesa contra Corea, y también en 1871 objeto de una expedición estadounidense. Los recuerdos de esos enfrentamientos eran muy frescos, y no había duda de que la guarnición de Corea dispararía a cualquier buque extranjero se acercara. Sin embargo, el comandante Inoue ordenó que un pequeño bote se acercase supuestamente en busca de agua potable. Las fuerzas coreanas abrieron fuego. El Unyō abrió fuego para responder y silenciar a las armas de Corea, a continuación envió un destacamento a tierra para luchar contra los coreanos. Los japoneses terminaron su ataque y se retiraron de nuevo a Japón. Las bajas son desconocidas, después del incidente.

Japón utilizó este ataque como pretexto. La Armada Imperial Japonesa bloqueó el área inmediata y pidió una disculpa oficial del gobierno de Joseon, a la mayor parte de la corte no le pareció peligroso el aislamiento absoluto, pero sí la disposición a usar la fuerza de Japón. Concluyó con el envío de la misión Kuroda, y la firma del Tratado de Ganghwa el 27 de febrero de 1876, que abrió la península de Corea al comercio japonés y extranjero. El incidente del Unyō presionó a muchos a los funcionarios de Joseon, incluyendo el rey Gojong. El Tratado de Ganghwa les dio derechos extraterritoriales a los ciudadanos japoneses en Corea y obligó al gobierno coreano a abrir tres puertos, Busan, Incheon y Wonsan al comercio japonés y extranjero. Corea se convirtió en presa fácil para muchas potencias imperialistas, y más tarde el tratado llevó a Corea a ser anexionada a Japón. Durante los primeros años, Japón poseía un monopolio virtual del comercio, mientras que los comerciantes de Joseon sufrieron graves pérdidas.

En este asunto la reina Min siempre pretendió defender la independencia de Corea, se percató de las verdaderas intenciones de Japón y demostró gran habilidad al manejar los asuntos exteriores, cuando solicitó la ayuda de Rusia y la dinastía Qing de China para evitar que los japoneses se apoderaran de Corea, lo cual era una de las ambiciones imperialistas de Japón. Estamos en una época de imperialismos y la emperatriz era consciente de que un pequeño reino como el de Joseon necesitaba una diplomacia eficaz para sobrevivir y no ser anexionado a ningún otro territorio. Encomendó el servicio de aduanas al consejero alemán Paul Georg von Möllendorff y se le atribuye el haber introducido en Corea nuevas tecnologías, tales como trenes, teléfonos, tranvías y luces eléctricas. En su tarea diplomática consiguió eficazmente proteger Corea de invasiones.

No todos estaban de acuerdo con el gobierno del rey y la reina, el 4 de diciembre de 1884, cinco revolucionarios produjeron un intento de golpe de Estado, llevando un pequeño ejército en un intento de detener el rey Gojong y la Reina Min. El golpe fracasó después de 3 días. Algunos de sus dirigentes, incluido Kim Okgyun, huyó a Japón, y otros fueron ejecutados. Japón se consolidaba como primer enemigo de la reina Min, a la que intentaban apartar del gobierno continuamente. Durante la dinastía Joseon ya habían tenido lugar algunas revueltas campesinas debido a las exigencias de mejores condiciones de vida de los campesinos pobres. En 1894 se produjo la revolución campesina Donghak. Para suprimir la rebelión, el gobierno Joseon pidió ayuda militar a Japón cuyo ejército era más moderno, profundizando así las ambiciones japonesas al control de Corea al tenerlos como un protectorado. Al final la revolución fracasó, pero muchas de las quejas de los campesinos más tarde fueron tratadas y solucionadas por medio de una reforma.

El gobierno japonés veía el control de la reina en el gobierno como un obstáculo a sus ambiciones. Pero la devoción del rey Gojong por ella era tal, que ningún diplomático era capaz de desprestigiar a la reina y apartarla del escenario político. Japón ante el temor de que la reina consiguiera contrarrestar sus fuerzas con una alianza con Rusia y China decidió zanjar el asunto, en 1895 el embajador de Japón en Corea contrató a un grupo de sicarios para asaltar el palacio Gyeongbokgung (la residencia imperial) y matar a la reina. Dos de los presuntos asesinos fueron identificados como los japoneses Shigeaki Kunitomo y Kakitsu Ieiri. Con el paso de los años se fueron desvelando los nombres de otras personas que presuntamente también tomaron parte en el crimen.

MyeongEl 8 de octubre de 1895 el grupo de asesinos entró en el palacio, no les fue difícil entrar ya que las puertas estaban vigiladas por japoneses. El asesinato fue presenciado por uno de los guardias imperiales y un arquitecto ruso, que narraron los hechos. Los asesinos mercenarios violaron y torturaron a tres mujeres sospechosas de ser la reina Min, cuando verificaron cuál era la reina la quemaron viva en un pequeño círculo y después desmembraron su cadáver. El emperador Gojong, enfurecido por la brutalidad este acontecimiento, concedió póstumamente a su esposa el título de Myeongseong (estrella brillante) y enterró sus restos en Jongmyo, el templo nacional de Corea. El pueblo coreano igualmente se sintió consternado y buscó la manera de cobrarse la venganza, de tal forma que nació un sentimiento independentista de Corea que después de la ocupación japonesa haría que Corea volviera a pedir su independencia. El rey Gojong declaró en 1897 que el reino de Joseon se consolidaba formalmente como Imperio de Joseon, dando póstumamente el título de emperatriz a su esposa.

De todas las mujeres que se encuentran enterradas en Jongmyo, Myeongseong es la única con rango de emperatriz; las demás mujeres solo tienen el rango de reinas consortes. El asesinato de la emperatriz provocó gran conmoción en Corea y protestas por parte de otros embajadores extranjeros en Corea, que lo percibieron como un acto de barbarie (incluso aquellos embajadores que no simpatizaban con la reina admitieron que el asesinato había traspasado los límites de la crueldad). Para apaciguar estas protestas, y las críticas a nivel mundial, el gobierno japonés finalmente llevó a juicio al embajador Miura Goro y a los demás presuntos asesinos. Todos fueron absueltos del cargo de asesinato por falta de pruebas. La protección de los asesinos por parte del estado japonés ha llevado a que incluso hoy día asociaciones sigan pidiendo una disculpa formal de Japón a Corea. Los familiares vivos de algunos de los asesinos se han desplazado desde hace años al templo de Corea para rendir homenaje a la emperatriz asesinada y pedir perdón por el crimen que cometieron sus antepasados. La imagen de la reina Min o la emperatriz Myeongseong, como es más conocida, ha quedado grabada en el imaginario colectivo coreano como una heroína y el reflejo del deseo de libertad de Corea.

Mumtaz Mahal, un amor imperial.

Representación de Mumtaz Mahal

Representación de Mumtaz Mahal

El Imperio mogol, Imperio mongol de la India o Gran Mogol fue un poderoso estado turco islámico del subcontinente indio, que existió entre los siglos XVI y XIX. Abarcó en su período de apogeo la mayor parte de los territorios actualmente correspondientes a la India, Pakistán y Bangladés, llegando a poseer zonas del Afganistán, Nepal, Bután y este del Irán. Es en este territorio, donde encontramos a una mujer tan especial, que es la responsable de uno de los monumentos más hermosos de la India.

Arjumand Banu Begum, más conocida como Mumtaz Mahal, fue una noble persa nacida el 1 de septiembre de 1593 en la ciudad de Agra. La familia de Arjumand tenía lazos con la familia imperial, dado que su tía Nur Jehan era una de las veinte esposas del emperador mogol Jahangir.

El hijo del emperador Jahangir, Sha Jahan (futuro emperador) fue comprometido con ella cuando solo contaban con 15 y 14 años respectivamente. Sin embargo, los astrólogos no dieron una fecha favorable al matrimonio hasta 1612, cuando Arjumand contaba ya con 20 años y su prometido con 21. En el lapso de tiempo entre el compromiso y el matrimonio Sha Jahan había tomado ya tres esposas, sin embargo el príncipe quedó tan prendado de Arjumand que decidió darle el título de Mumtaz Mahal (que significa “la Elegida de Palacio”). Además, el príncipe decidió desatender por completo el matrimonio con sus otras tres esposas, hasta el punto que los cronistas de la época relatan que “la relación del príncipe con sus otras tres esposas no tenía más que el estado de matrimonio”.

Representación de Mumtaz Mahal y Sha Jahan

Representación de Mumtaz Mahal y Sha Jahan

Sha Jahan ocupó su puesto como emperador en el año 1628. La relación entre el emperador y Mumtaz Mahal fue muy íntima, los poetas contemporáneos ensalzaban la belleza, la gracia y la piedad de la emperatriz, que además era una ferviente chiíta. La emperatriz acompañó a su esposo por todo el imperio, no guardaba aspiraciones políticas, pero a menudo intervenía por los desfavorecidos. Diseñó su propio jardín, donde más tarde se erigiría su mausoleo.

Mumtaz tuvo catorce hijos con el emperador, de los que siete sobrevivieron:

  • ♀Jahanara Begum (1614 – 1681)
  • ♂Dara Shikoh (1615 –1659)
  • ♂Shah Shuja(1616 –1661)
  • ♀Roshanara Begum(1617 –1671)
  • ♂Aurangzeb (1618 –1707)
  • ♂Murad Baksh (1624 – 1661)
  • ♀Gauharara Begum (1631 – 1706)

Cuando se encontraba acompañando a su esposo en la batalla en la meseta de Decán en el 1631, Mumtaz Mahal se puso de parto de su decimocuarto hijo, y falleció al dar a luz, justo después de hacer prometer a su esposo que no volvería a casarse. Su fallecimiento provocó un enorme dolor en el emperador, que la consideraba el amor de su vida. Dado que no se había construido un mausoleo para ella, su cuerpo fue sepultado temporalmente en Burhanpur, en un jardín amurallado conocido como Zainabad originalmente construido por el tío de Sha Jahan, a orillas del río Tapti. El emperador nunca pretendió dejar allí sepultada a Mumtaz Mahal, así que unos meses después el cuerpo de Mumtaz fue exhumado y transportado en un sepulcro de oro, escoltado por su hijo Sha Shuja y la Princesa Imperial Jahanara Begum, hacia la ciudad de Agra. Una vez allí, fue enterrada en un pequeño edificio y Shah Jahan se quedó en Burhanpur para concluir la campaña militar que inicialmente lo llevó a la región. En cuanto el conflicto finalizó el emperador volvió a Agra, comenzó a planificar el diseño y la construcción de un mausoleo funerario y un jardín adecuado para el descanso eterno de su esposa, en el mismo lugar donde Mumtaz había construido su jardín hacía años. Fue una construcción que tardó más de 22 años en terminar, una de las maravillas del mundo actual, el Taj Mahal.

El emperador se vistió de luto y se apartó de la vida pública durante un año. Cuando reapareció su rostro había envejecido enormemente y su cuerpo también. Fue la hija mayor de ambos, Jahanara, la que se ocupó de ayudar a su padre a sobrellevar el dolor. A su muerte, Sha Jahan fue enterrado en un sepulcro al lado de su esposa, por ello es el único elemento que no guarda la simetría del Taj Mahal.

Una bella historia de amor, un emperador que cumplió su promesa y que ha quedado inmortalizada en una de las maravillas arquitectónicas más hermosas del mundo.

Taj Mahal, mausoleo de Mumtaz Mahal y Sha Jahan

Taj Mahal, mausoleo de Mumtaz Mahal y Sha Jahan

Boudica, contra Roma por la libertad

Representación de Boudica

Representación de Boudica

Hace 2000 años, una mujer britana de unos 30 años desafió al imperio romano. Borró del mapa ciudades romanas enteras y participó en una de las batallas más sangrientas de la historia británica, una batalla que sellaría el destino de las tribus britanas ¿Libertad u ocupación? Esta es la lucha de una mujer, madre y reina por la libertad de su pueblo:

Boudica (o Boadicea) debió nacer entre los años 26 y 30 d.C. Las fuentes coinciden en que era hija de aristócratas icenos. Los historiadores romanos dicen de ella lo siguiente: “Poseía una inteligencia más grande que la que generalmente tienen las mujeres. Era alta, de voz áspera y su mirada tenía un brillo feroz. De cabello pelirrojo hasta la cadera. Ataviada con una túnica de múltiples colores y un manto grueso ajustado con un broche. Siempre usaba un grueso collar de oro”. El collar de oro, o torque, entre las tribus celtas simbolizaba nobleza.

Estaba casada con Prasutagus, rey de los icenos. Los icenos eran una tribu celta que habitaba al este de Inglaterra, en lo que hoy sería Norfolk. Mientras su esposo vivió, Boudica desempeñó su papel de esposa y mujer en la sociedad celta. Los icenos estaban siempre preparados para la batalla, y las mujeres también eran instruidas en la lucha al igual que los hombres. Se conoce que Boudica tuvo al menos dos hijas, pudo haber tenido alguna más, lo que sí se sabe con seguridad es que no pudo darle un hijo varón a Prasutagus, algo que entre la nobleza icena no importaba, puesto que la realeza podía pasarse tanto a hijos como a hijas, más adelante este hecho sería el desencadenante del conflicto.

Mientras reinó Prasutagus los icenos no fueron un pueblo sometido por Roma. El emperador romano Claudio tenía como aliado a Prasutagus, que sabiendo el poder militar de Roma y ansiando siempre el bien de su pueblo, acordó una especie de vasallaje con los romanos, los icenos pagaban tributos a Roma y a cambio mantenían su independencia. Y salvando varios roces sin importancia, esto continuó hasta la muerte del rey iceno.

Boudica y sus hijas.

Boudica y sus hijas.

Prasutagus tuvo una vida larga y próspera, cuando murió, el poder pasó a manos de su esposa, la reina Boudica. Prasutagus había dejado testamento, sabía que si por su cultura fuera, la descendencia estaba asegurada, pero que a ojos de los romanos la realeza solo podía pasarse por línea paterna, es decir, a hijos varones. El rey, conocedor de la cultura romana, intentó en su testamento que se mantuviera la independencia de su pueblo, nombrando coheredero de su reino al emperador romano Nerón (sucesor de Claudio) junto a sus dos hijas.

Pero Roma no se conformó con esto y el testamento de Prasutagus fue ignorado, el reino fue anexionado al Imperio Romano. El fallecido rey debía dinero a Roma, el procurador romano Cato Deciano tuvo la tarea de cobrarlo; las tierras de los icenos y sus bienes fueron confiscados, los nobles fueron tratados como esclavos. La nueva reina Boudica no podía tolerar este abuso hacia su pueblo y el insulto hacia ella misma como reina. Se enfrentó a Cato que no tuvo piedad con ella, una mujer no tenía nada que hacer contra un romano ni contra Roma, así que la humilló ante su pueblo de la mejor manera que sabía. Ordenó que la ataran a un poste de madera y mandó azotarla. No contento con esto y queriendo desmoralizar aún más a los icenos y humillar más a la reina, mandó a dos soldados romanos que violaran a sus hijas. Esto, lejos de acobardar a Boudica, provocó que la reina, furiosa, se levantara contra los romanos.

El emperador Nerón, se había propuesto acabar con las tribus rebeldes que quedaban en Bretaña y decidió mandar a uno de sus mejores generales  Cayo Suetonio Paulino. La primera campaña que el general llevó a cabo fue la matanza de los druidas de la isla de Mona, al norte de Gales. Los druidas no sólo eran sacerdotes, también eran sabios y legisladores. Con este asesinato y la quema de los bosques sagrados, la moral de los pueblos celtas caería. Mientras esto ocurría, la reina Boudica se reunió con los Trinovantes, un pueblo vecino que también sufría el yugo romano. Tras elegir a Boudica como su líder, comenzaron a planear la rebelión.

Cayo Suetonio Paulino

Cayo Suetonio Paulino

El primer punto que el nuevo ejército celta, de 50000 hombres, atacó fue Camulodunum (actual Colchester), una colonia romana donde se habían establecido los soldados veteranos y donde se había construido un templo al emperador Claudio. Se dice que Boudica antes de la batalla usaba un método de adivinación consistente en soltar una liebre entre sus ropas y predecir el futuro de la contienda según la dirección en la que corría en animal. También que invocaba a Andraste, la diosa britana de la victoria. Sea como fuere, la victoria de Boudica sobre la ciudad de Camulodunum fue aplastante. El factor sorpresa hizo que los soldados que había en la ciudad tuvieran que pedir refuerzos, Cato sólo mandó 200 hombres, la ciudad estaba mal defendida. Aunque los romanos intentaron resistir en sólo dos días el ejército de Boudica había arrasado la ciudad, destruyendo todo lo romano a fuego y matando a hombres, mujeres, niños y ancianos. En el 60 d.C. Camulodunum había sido borrada del mapa.

Mientras se produce el ataque 3 mensajeros romanos de Camulodunum son enviados a avisar de lo ocurrido: El primero al norte, dónde se encontraba la Legión IX Hispana. El segundo a Londinium (actual Londres), donde se encontraba el procurador Cato Deciano. El último al general y gobernador Cayo Suetonio Paulino, que se encontraba en la Isla de Mona (Actual Anglesey). Las respuestas de los destinatarios no se hacen esperar.

Quinto Petilio Cerial, legado al mando de la Legión IX acude a socorrer la ciudad de Camulodunum con sus 2000 soldados. Pero la noticia de que la IX viene en camino para socorrer la ciudad llega a oídos de Boudica. La reina y sus hombres se esconden en una zona boscosa, sorprendiendo a la IX legión y aniquilándola. Sólo parte de la caballería y el comandante consiguieron escapar.

La respuesta de Cato Deciano fue muy distinta, sabiendo que el levantamiento había sido provocado por su avaricia, y temiendo que tras el agravio al que había sometido a la reina y sus hijas, ésta fuera a por él, puso tierra de por medio sin avisar y se marchó a la Galia.

Cayo Suetonio, al recibir el aviso se dirigió hacia Londinium sabiendo que Boudica se dirigiría a aquella ciudad. Cuando llegó, se enfureció al

Rutas de las distintas batallas de la rebelión

Rutas de las distintas batallas de la rebelión

saber que Cato había huido, dejando el problema en sus manos. Suetonio con dos legiones a su cargo aún seguía esperando refuerzos de la Legión II Augusta que no llegarían. Sus legiones, la XIV y la XX (10000 hombres), aún estaban a varios días de camino. Ante una superioridad numérica tan grande, Suetonio sabía que no podía defender Londinium con sólo un puñado de hombres. Dio orden a la población de abandonar la ciudad y se retiró al norte para reunir a sus tropas.

Boudica entró en Londinium y al igual que Camulodunum, la ciudad fue arrasada y quemada. Los habitantes que allí se habían quedado fueron masacrados. La ciudad de Londinium fue borrada del mapa y reducida a cenizas. La reina siguió a las tropas romanas y se dirigió al norte, deteniéndose en la ciudad de Verulamium, la tercera más grande de Gran Bretaña y arrasándola. El general Suetonio no pudo hacer nada por esta población.

Haciendo un alarde de estrategia militar, Cayo Suetonio encuentra una zona boscosa entre Londinium y Viroconium (actualmente Wroxeter en Shropshire), el terreno está rodeado de bosques, de tal forma que el ejército iceno no puede rebasar ni flanquear al romano. En estas condiciones Suetonio sí ve favorable la batalla, monta un campamento y se dispone a esperar a Boudica.

La superioridad de las tropas de Boudica frente a las romanas eran 5 a 1. El ejército de la reina era muy numeroso, pero también muy irregular. Combatían desde niños de 10 años a ancianos. No era un ejército profesional, era un pueblo combatiendo por sus derechos. Además no contaban más que con escudos como protección y armas como lanzas, espadas largas y cuchillos.

El ejercito de Suetonio, es más pequeño pero son disciplinados y profesionales, están entrenados para la guerra y teniendo en cuenta la protección y las armas que portan son una máquina de matar infalible. Cuando Suetonio vio llegar a las tropas celtas y observó que colocaban sus caravanas y carros tras ellos comprendió que la batalla estaba ganada. Sin saberlo, los celtas se habían cortado el paso hacia su única salida.

Representación de Boudica, llevando la pintura corporal de índigo azul de los icenos

Representación de Boudica, llevando la pintura corporal de guerra de los icenos, compuesta de pasta de índigo azul

Cuando la infantería celta atacó, el ejército romano sin romper su formación hizo caer una lluvia de lanzas sobre sus enemigos. Gran parte del ejército de Boudica fue diezmado al no poseer protección alguna los que fueron alcanzados por las lanzas murieron y los que las pararon con su escudo tuvieron que deshacerse de él puesto que había quedado inservible. Suetonio ordenó a sus soldados avanzar a paso lento pero sostenido, en una línea en forma de sierra dentada, cubriendo sus flancos con sus escudos. Totalmente desprotegidos y entre la confusión de la batalla, los celtas arremetieron contra las formaciones romanas, encajonándose en los “dientes” de esta formación de sierra. Las tropas britanas sabían combatir cuerpo a cuerpo, pero los romanos no entraban en ese juego. Manteniendo la formación los romanos fueron avanzando hasta acorralar al ejército de la reina contra sus propias caravanas. En su desesperación por huir, los britanos no sólo empujaron a los guerreros que avanzaban detrás sino a las mujeres, niños y ancianos que aguardaban el desenlace de la batalla en las cercanías de los carros. La avalancha que produjeron fue tal, que cerca de 40 000 murieron aplastados entre los combatientes en desbandada y los vehículos que impedían la retirada. Los romanos no tuvieron piedad, ni siquiera con embarazadas y niños.

En cuanto a Boudica, se sabe que no murió en la batalla. Tampoco fue apresada por los romanos, pero sabía que de un momento a otro podían hacerla prisionera y su final no habría sido nada agradable. Comprendiendo que todo había acabado y que había traído la desgracia a su pueblo, en un acto de honor Boudica se suicidó. Se desconoce por completo cual fue la suerte de sus hijas.

Tal fue el grado de violencia que los romanos aplicaron, que durante los cuatro siglos siguientes, la provincia se mantuvo en paz. La historia de Boudica, la reina icena que puso en jaque la ocupación romana de Gran Bretaña, una mujer con coraje, amada por su pueblo que prefirió morir de pie a vivir de rodillas.

Livia Drusila, el poder en la sombra

Livia nació el 30 de enero del año 58 a. C., hija de Marco Livio Druso Claudiano y su esposa Alfidia (hermana de un magistrado de origen plebeyo).  Se conoce poco de su infancia dado que esta gran mujer tomaría relevancia ya siendo adulta, se desconoce si tuvo hermanos aunque el diminutivo de Drusila (“la pequeña Drusa”) hace pensar que pudiera tratarse de una segunda hija.

Busto de Livia Drusila

Busto de Livia Drusila

En torno a 42 a. C. y con apenas 16 años, contrajo matrimonio (concertado por su padre) con Tiberio Claudio Nerón, un primo suyo de familia patricia. En ese mismo año su padre (que había participado en el asesinato de Julio César) se suicidó en Filipos junto con Casio y Bruto, los otros asesinos de Julio César, que fueron derrotados por Octavio y Marco Antonio.  Tras el asesinato de Julio César y el suicidio de sus asesinos se produjo una Guerra Civil, en la que los antiguos aliados Octavio y Marco Antonio, ahora se enfrentaban entre sí por el poder de Roma. Tiberio Claudio Nerón, marido de Livia, no dudó en luchar en el bando de Marco Antonio; la familia de Livia sobrevivió a la persecución y se encontró con Octavio 3 años más tarde, mientras el marido de Livia luchaba del otro bando.

En aquellos momentos, Livia ya tenía un hijo, el futuro emperador Tiberio, y estaba embarazada del segundo, Druso que llegaría a ser un gran general. La leyenda cuenta que Octavio, se enamoró perdidamente de ella, pues era una de las mujeres más bellas de su tiempo, y no dudó en divorciarse de su mujer para casarse con ella, el mismo día que su esposa Escribonia daba a luz a su primera hija, llamada Julia, recibió la noticia de que su marido quería divorciarse se ella. Livia, embarazada de Druso, por su parte hizo lo mismo y se divorció de su marido y padre de sus dos hijos. Tanto era el amor de Octavio por Livia que se casaron un día después de que sus divorcios fueran anunciados. Aparentemente, Tiberio Claudio Nerón estuvo de acuerdo en ello y fue a la boda. Livia tuvo la protección de su cuñada Octavia, hermana de Octavio, que no dudó en concederle títulos para protegerla de su exmarido. Después del suicidio de Marco Antonio tras la batalla de Accio en 31 a. C., Octavio no encontró más oposición a su ascenso al poder. Finalmente, y siempre con Livia a su lado, fue nombrado emperador de Roma con el título de Caesar Augustus, desde entonces fue conocido como Augusto. El nuevo emperador y su esposa fueron el modelo de referencia de pareja romana. Aunque Augusto sí estuvo enamorado de Livia, no está claro que ella también lo estuviera, que su hijo Tiberio y posteriormente sus nietos, bisnietos y tataranietos, fueran emperadores de Roma, parece el argumento más factible para que ella aceptara este segundo matrimonio. De cualquier modo, el matrimonio entre Livia y Augusto se mantuvo durante los siguientes 52 años, cabe destacar que Livia nunca tuvo hijos con Augusto y a la muerte de su primer marido se encargó de que Augusto se declarara tutor legal de estos, manteniéndolos como herederos.

Como emperatriz de Roma, siempre disfrutó del privilegio de ser la consejera de confianza de su esposo. A pesar de su riqueza y de su poder, Augusto y su familia siguieron viviendo modestamente en su casa de la colina del Palatino. Livia fue el modelo a seguir de la matrona romana: nunca llevó excesiva joyería ni vestidos pretenciosos, se ocupó de las labores domésticas y de su esposo -en ocasiones tejiendo ella misma sus ropas-, intervino activamente en política (algo muy poco común entre las mujeres romanas), siendo considerada la mano derecha del emperador Augusto.

Estatua de Livia Drusila deificada

Estatua de Livia Drusila deificada

Augusto permitió a Livia administrar sus propias finanzas y le dedicó una estatua pública. Livia tuvo su propio círculo de clientes y colocó a muchos de sus protegidos en puestos oficiales, incluyendo al abuelo de Otón y al mismo Galba. A la muerte de su esposo y tras las sospechosas muertes de otros miembros de la familia imperial que podían hacerle sombra, Livia logró que Tiberio, su hijo mayor, fuese investido emperador. Sin embargo cuando Livia murió, Tiberio recibió la noticia con frialdad, y no sólo no asistió a sus funerales, sino que prohibió que se le rindieran los honores correspondientes. No es de extrañar este trato por parte de Tiberio ya que nunca tuvo una buena relación con su madre. Livia desempeñó un papel vital en la formación de sus hijos Tiberio y Druso. El divorcio de su primer marido, padre de ambos, así como en el divorcio de Tiberio y Vipsania posteriormente, debido a la insistencia de Augusto (se cree que ella intervino activamente en este proceso) pudieron ser los motivos por los que Tiberio guardaba rencor a su madre, ya que él se vio obligado a abandonar a la mujer que amaba por consideraciones dinásticas.

Pese a todo esto Livia gozó de la popularidad del pueblo romano. Para ser más que la “mujer bonita”, como se describe en los textos antiguos, Livia se sirve de la imagen pública de la idealización de las cualidades femeninas romanas, una figura maternal y una diosa como la representación que alude a su virtud. Livia simbolizó el poder en la renovación de la República, tuvo un efecto espectacular en la representación visual del futuro de la mujer como ideal de honorable madre y esposa romana. Aunque después ha sido sospechosa del envenenamiento de muchos que pudieron hacerle sombra a su hijo Tiberio como futuro emperador, entre ellos del de su hijastra Julia. “Se escuchó el rumor de que, cuando Marcelo, sobrino de Augusto, murió en 23 a. C., no fue por muerte natural, y que detrás de esto se encontraba Livia” palabras de Dión Casio, un historiador de la época. Uno por uno, todos los hijos de Julia habían muerto prematuramente, Lucio y Cayo, a quienes Augusto había adoptado como hijos, con la intención de que fueran sus sucesores. Tácito y Dión Casio mencionan en sus obras estos rumores, pero Suetonio no hace mención de los mismos, ni hay pruebas suficientes para darlos por válidos.

Sea como fuere, dejó su eco en la historia romana, pues su nieto Claudio la divinizaría cuando llegó al poder y recibió los honores que no quiso darle su hijo Tiberio. Livia ha protagonizado numerosos libros y obras en nuestro tiempo.  En su novela “YO CLAVDIO”, Robert Graves ponía en boca de Claudio la frase “Augusto gobernaba el mundo, pero Livia gobernaba a Augusto”, y fuera o no exagerado, la influencia política de Livia sobre Augusto y sobre su hijo tras la muerte de éste, fue extraordinaria y no se volvería a repetir en la historia romana.

Dido, la princesa fenicia que fundó y reinó en Cartago.

Elisa de Tiro, la reina Dido.

Elisa de Tiro, la reina Dido.

La fundación de grandes ciudades (como Roma) están plagadas de mitos, sin embargo detrás del mito de la fundación de Cartago, en el actual Túnez,  existe una historia veraz que es la de la reina Dido, también conocida como Elisa de Tiro. El relato de su vida se mezcla con la leyenda de un amor imposible.

Elisa nació en Tiro (ciudad fenicia) en el siglo IX a.c., era hija del rey Belo, también conocido como Muto. Tenía dos hermanos: Pigmalión, que heredó el trono de Tiro, y la pequeña Ana.

Al llegar Pigmalión al trono se hizo con todo el poder de la ciudad fenicia,  obligó a su hermana a casarse con Siqueo, un sacerdote del templo de Melkart (dios relacionado con Hércules) en Tiro. Pero la intención del nuevo rey no era la que su hermana Elisa se esperaba. Como sacerdote, Siqueo había conseguido reunir un vasto tesoro que Pigmalión envidiaba y pretendía poseer, el problema era que nadie más que el sacerdote conocía su paradero. Pigmalión creyó que la forma más fácil de averiguarlo era mediante el matrimonio de su hermana, aunque ella no sabría de estas intenciones hasta más adelante. Elisa no amaba a Siqueo, aunque se sabe que éste a ella sí y por ello acabó sintiendo especial cariño por él. Un tiempo después de su matrimonio, Pigmalión le comentó a su hermana que sería conveniente saber dónde se escondían las riquezas de Siqueo.

Entendiendo que había sido utilizada, Elisa receló de las intenciones de su hermano, por lo que urdió un plan para escapar de la codicia de éste. Sabiendo que el tesoro estaba enterrado en el jardín del templo, mintió a su hermano asegurándole que estaba debajo del altar.

Esa misma noche, Pigmalión envió unos sicarios a matar a Siqueo, su propio cuñado. Tras asesinarlo, comenzaron a cavar debajo del altar. Elisa viendo a su marido asesinado, corrió al jardín y desenterró el tesoro. Con él en su poder fue a por su hermana pequeña Ana  y pidió a  un séquito de doncellas que la acompañara. Con todas estas mujeres y ayudada por amigos de Siqueo que sabían de lo ocurrido, huyó de Tiro hacia África.

Elisa llegó a las costas nortes de África en el  830 a.C., allí encontró a los gétulos, una tribu de libios cuyo rey era Jarbas. Pidió hospitalidad y un trozo de tierra para instalarse en ella con su séquito. Jarbas, viendo al grupo de mujeres que la acompañaba,  le expuso que le daría tanta tierra como ella pudiera abarcar con una piel de buey. En un alarde de inteligencia, y a fin de que la piel abarcara la máxima tierra posible, Elisa la hizo cortar finas tiras y así consiguió rodear un extenso perímetro. Tras esto hizo erigir una fortaleza llamada Birsa, que más tarde se convirtió en la ciudad de Cartago o Qart-Hadašh (que en fenicio significaba “Ciudad Nueva”), sobre un promontorio existente entre el lago de Túnez y la laguna Sebkah er-Riana, que por aquel entonces desembocaba en mar abierto. Tras esto Elisa se nombró a sí misma Reina de la Ciudad Nueva y los indígenas africanos le dieron el nombre de Dido.

Poco sabemos de su reinado. Aunque conocemos su muerte, sobre la que hay dos versiones ya que en ellas es donde comienza a mezclarse la realidad con la leyenda:

Muerte de Dido

Muerte de Dido

En la versión más clásica, Jarbas (rey de los gétulos) quiere casarse con ella, pero Dido es todavía fiel al recuerdo del difunto Siqueo. Pensando que si rechazaba a Jarbas éste tomaría represalias contra ella y su nuevo pueblo, acepta el enlace, pero el día de la boda, antes de celebrarla, Dido se hunde un puñal en el pecho. Éste sería el modelo de los sacrificios que los cartagineses ofrecerían en el tofet en años posteriores.

La segunda versión, más mitológica, es la que aparece en la Eneida de Virgilio: Júpiter[1]  había mandado a Eneas a fundar una ciudad en el Lacio, que posteriormente se convertiría en la cuna de la poderosa Roma. Eneas, huyendo de Troya para cumplir esta misión,  llega a la costa de Cartago y conoce a Dido. La reina había jurado mantenerse fiel a su difunto marido Siqueo, pero nada puede hacer, alentada por su hermana Ana y rendida por la intervención de Cupido. Dido y Eneas se enamoran. Venus[2]  acuerda con Juno[3]  propiciar que Dido y Eneas se casen y reinen juntos en Cartago. Juno,  así lo deseaba por el rencor que tenía contra los troyanos desde la famosa Guerra de Troya, de este modo se vengaba de Troya, consiguiendo que Eneas nunca llegue a fundar la que en el futuro será la gloriosa estirpe romana. Venus, sabiendo cuál es el verdadero destino de su hijo, finge aceptar el trato para que los favores de Dido ayuden a su hijo. Así pues, Juno manipula los acontecimientos para que en Cartago se organice una cacería, durante la cual desata una tormenta que obliga a Dido y a Eneas a cobijarse en una cueva cuya entrada custodia un tronco. Esa noche yacen juntos, momento a partir del cual se recrean largamente en los placeres del amor y pasan un tiempo juntos. Ante el evidente retraso, Júpiter decide actuar y manda a Eneas un mensajero para que le recuerde que aquella no es la misión que él le ha encomendado, debe partir hacia Italia cuanto antes. El héroe, pese al dolor que le ocasiona, obedece la voluntad divina y deja Cartago. Eneas embarca con su gente y Dido corre a convencerle, en vano, de que permanezca a su lado. Pero siguiendo las órdenes del dios, finalmente le ve partir. Dido intenta olvidar a Eneas con la ayuda de su hermana Ana, pero es incapaz de hacerlo, por ello ordena levantar una gigantesca pira, donde se disponen la espada del héroe, algunas ropas suyas que habían quedado en palacio y el tronco del árbol que custodiaba la entrada de la cueva donde se acostaron por primera vez. Al amanecer, la reina subió a la pira y se hundió en el pecho la espada de Eneas. Tras su muerte, su hermana Ana, que había intentado disuadirla del suicidio, ordena a su vez prender la pira funeraria. Desde ese momento arranca el histórico odio de Cartago hacia Roma.

Sea cual fuere su final, tras su muerte fue venerada como una divinidad y la historia de esta reina que llegó a África como una exiliada y consiguió fundar la ciudad de Cartago la ha convertido en leyenda.

NOTA: En el posterior capítulo de la Eneida, cuando Eneas desciende al Infierno con ayuda de la Sybilla de Cumas, la encuentra vagando por los Prados Asfódelos, entre los muertos por amor. Comprendiendo entonces que la reina había cometido suicidio a su partida, trata de explicarle con gran pesar que él no quería abandonarla, que los dioses habían labrado así su destino. Pero el fantasma de Dido parece no poder escucharle y continúa su absorto camino tras la sombra de Siqueo.

 

[1] Rey de los dioses, equivalente a Zeus

[2] Diosa del amor y madre de Eneas

[3] Diosa del matrimonio, esposa de Júpiter y reina de los dioses. Odiaba a los Troyanos por sus ofensas hacia ella.

Hatshepsut, la reina-faraona que inició una edad dorada.

En nuestra entrada de hoy inauguramos la sección por la puerta grande con una de las mujeres egipcias más importantes de todos

escultura-hatshepsut

Estatua de Hatshepsut.

los tiempos:

Hatshepsut, la reina-faraón de la dinastía XVIII de Egipto. Reinó Egipto durante veintidós años (de  1490 a.C.-1468 a. C.) bajo el nombre de Maatkara Hatshepsut, llegó a ser la mujer que más tiempo estuvo en el trono de las “Dos Tierras”.

Hatshepsut, nació en Tebas durante el segundo cuarto del siglo XV a.c.  Su padre era el futuro Tutmosis I (que no era hijo directo del faraón y su Gran Esposa Real, por ello se casó con una hija del faraón ya mencionado y su Gran Esposa para poder gobernar), su madre la princesa Ahmose. Hatshepsut tuvo tres hermanos. Desgraciadamente sólo Hatshepsut y su hermana Neferubity (que moriría joven) llegarían a edad adulta. Tuvo además hermanastros, fruto de las relaciones de su padre con esposas secundarias y concubinas.

Su padre vió en ella algo que no veía en los hijos varones que había tenido con otras esposas menores. Hatshepsut era hija del Faraón y su Gran Esposa Real, por lo que era puramente de sangre real. El faraón Tutmosis I podría haber nombrado heredero a alguno de sus hermanastros, algo muy común, ya que sólo los varones podían ser faraón, aún así la nombró heredera.

Cuando Hatshepsut contaba aproximadamente con 12 años, su padre murió, y aunque era la heredera nombrada por su padre, coronaron faraón a uno de sus hermanastros, Tutmosis II. Ineni, un hombre que ocupaba un cargo en el gobierno, fue quien se encargó de que esto sucediera. El nuevo faraón, al ser hijo de una reina secundaria no era de sangre puramente real, y por tanto no podía reinar sin casarse con una hija pura del faraón anterior. Así, Hatshepsut se vió relegada a convertirse en la Gran Esposa Real  de su hermanastro Tutmosis II, se cree que este fue un duro golpe a su orgullo.

La joven reina era descendiente directa de los grandes faraones  y además ostentaba el importantísimo título de “Esposa del Dios”, lo que la hacía portadora de la sangre sagrada de la reina Ahmose. Es lógico que no soportase muy bien la idea de entregarse a su marido. Pero Tutmosis II era un hombre débil, tanto en salud como en carácter, por todo esto, muchos piensan que aunque el faraón era Tutmosis, quien gobernaba en la sombra no era otra que Hatshepsut. Aprovechando esta debilidad de su marido, la reina se fue rodeando de personas que apoyaban su causa, los más importantes eran Hapuseneb y  Senenmut. La Gran Esposa Real se había convertido en un peligroso oponente, para desgracia del visir Ineni.

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Esfinge con el rostro de Hatshepsut.

Tutmosis II tuvo un reinado muy breve, y murió tres años más tarde, cuando Hatshepsut contaba con 15-20 años. A la muerte del faraón, la Gran Esposa Real Hatshepsut  sólo había conseguido darle una hija, Neferura; el único heredero varón del rey difunto, era un niño que había concebido con una concubina. Una vez más Ineni se salió con la suya al conseguir que la nobleza considerara a este niño como único heredero, por lo que fue coronado como Tutmosis III. Al no tener sangre real pura, la única forma de legitimar totalmente su ascenso al trono, era casar al nuevo faraón (aún niño) con la hija de Hatshepsut. Pero esta vez la reina no tenía intención de dejar que la historia se repitiera. Aprovechando que el nuevo faraón aún era demasiado pequeño, la reina asumió la regencia, y se encargó de ir posponiendo indefinidamente el enlace del faraón con Neferura.

En los primeros años del reinado de Hatshepsut, ella misma se encargó de echar de la escena política a Ineni para siempre. Elevó a altos cargos a aquellos que durante el reinado con su marido, la habían apoyado, su amigo y aliado Hapuseneb fue nombrado sumo sacerdote de Amón. Con sus aliados en el poder, Hatshepsut tenía ahora los medios y el apoyo suficientes para ascender al trono, como quiso su padre.

A los aprox. 22 años, la “Gran Esposa Real” y “Esposa del Dios” Hatshepsut, en presencia de Tutmosis III, se proclamó faraón de las Dos Tierras. Para legitimarse aún más ante el pueblo, también se declaró primogénita de Amón; La reina profesó que su padre era el dios Amón, que había concebido con su madre Ahmose a una mujer, para ser su representante en la tierra. Los sacerdotes de Amón dieron su aprobación, encabezados por Hapuseneb. La estrategia de la nueva reina-faraona de Egipto, unido al precio que pagó a los sacerdotes de Amón, le garantizó el apoyo de este colectivo durante todo el reinado. El joven Tutmosis con sólo 7 años, no pudo hacer otra cosa que admitir la superioridad de su tía y madrastra. Así Hatshepsut, se convertía en la tercera reina-faraón de la historia, y la que más tiempo conservó el trono.

A partir de entonces la ahora reina-faraón, asumió los atributos y títulos masculinos de los faraones, haciéndose representar como hombre y usando barba postiza. Estableció una corregencia con Tutmosis III, con un predominio claro de Hatshepsut sobre Tutmosis, relegando al faraón al segundo plano. A pesar de esto, no fue una usurpadora, no provocó una guerra civil, ni confinó en ningún lugar a Tutmosis III. Todo se trató de un golpe maestro, a partir del cual sutilmente una mujer consiguió elevarse al mayor cargo egipcio, solo reservado para hombres.

La reina-faraón Hatshepsut dedicó gran parte de su reinado a embellecer el país, restaurar templos, borrar los daños ocasionados por guerras anteriores, edificó la llamada Capilla Roja del enorme templo de Amón en Karnak y, de las canteras de Asuán, mandó hacer los obeliscos más grandes que se habían erigido en Egipto hasta entonces, y los llevó a Karnak decorados con una aleación de oro y plata. No hubo guerras durante su reinado, aunque hubo 6 campañas militares.

templo de hatshepsut

Templo de Deir el-Bahari; edificado por Senenmut y encargado por Hatshepsut.

Hatshepsut escogió el paraje de Deir el-Bahari para edificar su templo de millones de años, y encargó la tarea a su arquitecto favorito, Senenmut. El templo de Hatshepsut es una de las joyas del Antiguo Egipto conocido por aquel entonces como el Dyeser-Dyeseru (el sublime de los sublimes). Se sospecha que Hatshepsut pudo tener un romance con Senenmut, su arquitecto favorito. En el templo que construyó, en un sector sellado como una caja en la pared se puede observar por un lado a Hatshepsut en actitud amatoria y a Senenmut en la otra cara, como receptor de la pose amatoria de la reina. Esta clase de relación le estaba prohibida a la reina por su linaje. Cabe destacar que quien visita a día de hoy el templo siempre comenta que siendo egipcio, tiene algo que otros templos no tienen, los historiadores más románticos aseguran que esto se debe a que Senenmut hizo este templo, no como encargo de la reina, sino como regalo y homenaje eterno a su amada. La reina, también demostró tener mucha cercanía con su arquitecto pues confió también a este hombre el cuidado de Neferura, a la que educó para que la sucediera.

Sin embargo, fue a raíz de la finalización del templo de Deir el-Bahari, sobre el año 15-16 de su reinado, cuando la suerte de Hatshepsut comenzó a menguar a favor de la de Tutmosis III. El joven rey cada vez ansiaba más el poder a cualquier precio. En apenas de un año el sacerdote de Amón y amigo de la reina Hapuseneb falleció, como también lo hizo Senenmut. Además, la esperanza de la reina, su hija Neferura, también murió al poco tiempo. Tras tantos golpes, la reina-faraón dolida, se retiró parcialmente del cargo. Tutmosis III, comenzó a tomar las riendas del gobierno.

La ambición de Hatshepsut era aún más grande y no estaba satisfecha con ser “faraón”, sino que se proponía inaugurar una auténtica dinastía femenina de reinas-faraón, y por esa razón declaró “Heredera” a su amada hija Neferura. La muerte de la princesa fue tan repentina y favorable a Tutmosis III que hay quien piensa que fue intencionada, y que consiguió su objetivo: derrumbar a la reina-faraón.

Hatshepsut murió en su palacio de Tebas tras un largo reinado de 22 años, abandonada por todos. Tenía entre 40 y 50 años. La reina, padeció de una avanzada osteoporosis y un cáncer maligno en la zona del abdomen que se le pasó al hueso de la cadera; además había contraído una infección en las encías, que bien pudo provocar una infección en la sangre como causa más probable de su muerte. Pasó largos meses de intensos dolores y fiebres.

A su muerte, Tutmosis III se convirtió en un gran faraón. El nombre de Hatshepsut y el de Senenmut fueron borrados sistemáticamente de los anales y edificios egipcios por Tutmosis III, quien al no haberse casado nunca con la hija de Hatshepsut, intentó borrar a esta reina de la historia para hacer parecer que él era el único hijo y por tanto portador de la sangre real de los antiguos faraones. Así conseguía asegurar el futuro de sus hijos.

La historia de esta extraordinaria mujer, que marcó el inicio de una edad dorada de Egipto, y que después de años de intrigas, toma un tinte trágico con la muerte de su “amante” Senenmut, su amigo y aliado Hapuseneb, y su hija Neferura. Apagada toda esperanza de continuar su linaje, tras su muerte fue sometida a esa especie de “olvido” por el hombre que volvió a ocupar el trono. Aun así, su legado y sus construcciones, pueden verse hoy en día como grandes maravillas de Egipto, son los monumentos más visitados por los turistas. Amasó la mayoría de las riquezas que más adelante heredaría el famoso Tutankamón, y pretendió crear la primera dinastía de faraones mujeres, en un mundo de hombres.

NOTA: Aunque se sospecha que Senenmut fue asesinado por Tutmosis III y no se ha encontrado su momia, su tumba si es conocida, contiene numerosas pinturas y jeroglíficos de la reina, y está justo al lado del templo de Deir el-Bahari, para muchos esta es la declaración de amor del arquitecto que quería reposar eternamente cerca del templo de su amada.

El Antiguo Egipto, un trono reservado a hombres.

En los casi tres milenios de la historia del Antiguo Egipto ( aprox. 3000 a.c. – 30 a.c.), hay sólo cinco casos conocidos de reinas-faraón, tres de ellos asegurados y  dos no confirmados. Mujeres que llegaron a ostentar el título de faraón (representación del dios Horus en la tierra), reservado sólo a hombres. Para entender la historia de grandes mujeres en el Antiguo Egipto, es necesario primero, que conozcamos un poco más del contexto en el que estas mujeres de la realeza vivían:

Representación de un faraón.

En el mundo egipcio, la principal figura en la tierra era el faraón. Fueron considerados seres casi divinos durante las primeras dinastías (identificados con el dios Horus), a partir de la dinastía V también eran «hijos del dios Ra». Tras su muerte el faraón se fusionaba con la deidad Osiris (dios de la resurrección) por lo que adquiría la inmortalidad y una categoría divina, siendo entonces venerados como un dios más en los templos. Además de ser la representación de Horus en la tierra, eran considerados el nexo de unión con los dioses. Si imaginamos un reloj de arena: en la parte de arriba estarían los dioses; En la parte de abajo, donde la arena cae, estarían los mortales; y el pequeño cuello que une la parte superior con la inferior sería el faraón.

El faraón vivía en  palacio, separado de sus reinas, que residían en la Casa Jeneret (mal-llamada por algunos “harén”).  La Casa Jeneret  era la institución encargada de la educación de los príncipes y princesas del antiguo Egipto. Allí habitaban la madre del faraón, la Gran Esposa Real, las esposas secundarias y los hijos e hijas de todas las reinas y concubinas; se hallaba junto al palacio, independiente del edificio real (habitaciones residenciales del faraón), y poseía una gran importancia.

Representación de una Gran Esposa Real

Como compañeras del faraón, las reinas egipcias podían ostentar como cargo más alto, el título de Gran Esposa Real y por debajo de esta gran esposa, el faraón podía tener tantas mujeres como quisiera.

Es importante partir desde la perspectiva de que en la religión Egipcia existen muchos dioses, pero los principales se muestran en triadas, es decir grupos de tres dioses principales (padre, madre e hijo). Los antiguos faraones participaban en ciertas celebraciones, como encarnación propia del dios mayor de la triada (el padre), la Gran Esposa era la encarnación de la diosa madre de la triada, y el heredero varón de ambos participaba como dios hijo.

Dicho esto, las Grandes Esposas Reales eran garantías y principal apoyo del faraón durante su reinado. En otras palabras, la Gran Esposa y las demás mujeres del Faraón (todas princesas reales, princesas extranjeras o nobles, normalmente) eran necesarias para que continuaran existiendo estas “representaciones divinas en la tierra”. No es de extrañar que los faraones se casasen con las hijas de su antecesor (en muchos casos estas hijas eran sus hermanas o sus hermanastras) para poder ascender al trono. Se sabe de faraones que para conservar la descendencia pura se casaron con sus propias hijas.

Los hijos varones del faraón entraban en la línea de sucesión, por supuesto un hijo de la Gran Esposa Real, estaba por delante en la línea de sucesión, que el de otra reina, esposa secundaria, concubina, etc. Así la sucesión quedaba resuelta mediante un heredero masculino que podía no ser hijo de la Gran Esposa Real, sino de una reina de menor rango. Si el sucesor provenía de una reina de menor rango, se casaba con una hija de la Gran Esposa Real del faraón fallecido. El resto de hijos del faraón ocupaban cargos en la administración, como militares, sumos sacerdotes u otros cargos. Todos ellos formaban parte de la clase noble.

En cuanto a las hijas del faraón, todo iba en función de la condición de su madre. Si ésta era una reina, la hija podía heredar su cargo o vivir en soltería; y si eran hijas de una esposa secundaria o de una concubina, podían casarse con algún noble o residir en la casa Jeneret.

Así como veis era sumamente complicado que una mujer llegara a reinar como Faraón, o que ostentara algún cargo de poder. Si bien la civilización egipcia era más adelantada en otros temas referentes a la mujer que la civilización griega o romana, no lo era en lo que a sucesión real se refiere. En la próxima entrada de “Mujeres, en un mundo de hombres” contaremos la historia de una verdadera reina-Faraón, que ocupó el trono de Egipto durante muchos años, y fue portadora de prosperidad para su pueblo.